¿Es o no es violencia machista?

Artículo de María Freixanet en El Confidencial

Una parte de la actual ley no se cumple. Sin embargo, parece que hay un cambio a la vista

Día tras día, de forma insoportable, la violencia machista clava su dolor en la vida cotidiana. No lo estamos haciendo bien, no logramos detener el desastre.

La ley que trata de combatir la violencia machista (la 1/2004) es una buena ley, aunque tiene problemas, y uno de ellos es que en parte no se cumple. El incumplimiento más sensible es la falta de prevención y educación no sexista. Si queremos que deje de haber hombres que asesinan mujeres por el mero hecho de serlo y bajo una lamentable concepción de propiedad —”eres mía”—, debemos dar a los hombres una educación que consolide desde la más temprana edad la evidencia de que las mujeres son seres libres, que sus cuerpos no son de libre acceso ni están a merced de la voluntad ajena. Debemos educar en igualdad y en libertad, en no violencia y en respeto. La ley ya pedía eso, pero resulta que no se cumple.

Sin embargo, algo se mueve. En política, sabes que un cambio va a acontecer cuando todo el mundo, de repente, discute un tema. Algo está sobre la mesa, y la reforma de la Ley 1/2004 se encuentra servida en los platos. O en los platós. Discutiremos sobre ello en el Congreso y en Senado; en nuestro caso —Senado—, en el marco de una ponencia de estudio donde vendrán expertas y expertos que nos ayudarán a mejorar la ley. Empezamos hoy.

Eso son buenas noticias, pues además de cumplirse, esa ley debe reformarse. Para corregir fallos y para adaptarse al Convenio de Estambul, un acuerdo firmado en 2011 —ratificado por España en 2014— que toma las leyes europeas referentes a derechos humanos y las concreta en relación a la violencia machista.

Estambul revisa las conductas que suponen violencia de género. Nuestra legislación habla de “homicidio, aborto, lesiones, lesiones al feto, delitos contra la libertad, delitos contra la integridad moral, contra la libertad e indemnidad sexuales o cualquier otro delito cometido con violencia o intimidación, siempre que se hubiesen cometido contra quien sea o haya sido su esposa, o mujer que esté o haya estado ligada al autor por análoga relación de afectividad, aun sin convivencia” (art. 87 ter de la LOPJ). Ahora se abre el abanico, pidiendo que otras conductas —como el control de la economía familiar, los matrimonios forzosos o la mutilación genital femenina— se entiendan en este mismo marco conceptual: el del machismo, cuando respondan al mismo.

Al mismo tiempo, el convenio es fundamental porque amplía no solo las acciones sino el concepto mismo de violencia de género. Básicamente, lo libera del hogar y de los lazos del amor y el desamor. En la ley actual, solo cabe la violencia cometida por la pareja o la expareja. Si te viola tu marido, es violencia de género; si te viola tu jefe, no lo es. Es decir, si no hay una relación sentimental de por medio, la violencia no se analiza con perspectiva de género ni se pasa a tribunales especializados. Para la ley española, hoy, el abuso sexual en el lugar de trabajo, la prostitución obligada o la mutilación genital femenina no son violencia de género.

Es fundamental comprender que, obviamente, existe violencia de mujeres a hombres, de hombres a hombres y de mujeres a mujeres (y esa violencia está perseguida por el sistema penal), pero que la violencia de hombres a mujeres necesita un tratamiento específico pues se sustenta en una estructura social que la crea, la permite y la reproduce. Es el machismo estructural, la ideología dominante, esa que se expresa en la feminización de la pobreza, en que las mujeres cobren menos por hacer el mismo trabajo, en que se las excluya de los espacios de poder y decisión, se las cargue con la responsabilidad de los cuidados familiares, se las marque con roles y estereotipos vinculados a la debilidad, a la dependencia, a la sumisión, a la sonrisa obligatoria, y se las presione para que su valor tenga que ver con su cuerpo, con agradar, con ser miradas, un valor-objeto pensado para el gusto masculino. Todo este sistema opresivo para ellas debe ser abolido, si deseamos que su vida sea valiosa por sí misma.

Con la introducción del Convenio de Estambul, toda la violencia que tiene raíz en el machismo, en la creencia en la superioridad del hombre sobre la mujer, pasa a ser violencia de género. Salir del marco de las relaciones sentimentales, para nuestras normas, es realmente trascendente; pues todavía hay sectores de la sociedad que se niegan a aceptar que si hay violencia es porque hay jerarquía social, y no puedes erradicar la una sin combatir la otra.

Estambul reconoce esa jerarquía y la violencia estructural, y la relaciona con siglos de estereotipos y comportamientos desiguales. Estereotipos y comportamientos que están cambiando, pero no lo suficiente. Necesitamos que cambien mucho más. Ese es un cambio esencial para el bienestar de las mujeres, pero también para el de los hombres, que hoy llenan las cárceles por conductas vinculadas al estereotipo patriarcal de la virilidad, que aplaude la agresividad.

Dejando Estambul a un lado, existen otros cambios que habrá que incorporar en la ley, pues —tras 13 años desde su firma— las abogadas, juezas y demás profesionales que trabajan con ella cotidianamente han podido ver las faltas que acarrea. Solo por citar una: cuando una mujer se decide a denunciar un maltrato, suele hacerlo sin abogado (pues la asistencia letrada es un derecho pero no un deber) ni soporte emocional (el acompañamiento psicológico en ese primer momento es inexistente). Garantizar ese asesoramiento es un cambio reclamado a gritos por las profesionales, pues permitiría que muchas mujeres lograran sostener ese paso terrible que es denunciar a quien se supone que debía amarte.

Con todo, tenemos una buena ley con perspectivas de mejora. Tenemos también a favor una sensibilización social creciente, una indignación por tantas muertes, hombres y mujeres que dicen basta y una movilización feminista que nos demuestra que, de nuevo, la calle va por delante. Aunque tenemos a la contra esas mismas muertes —dos por semana—, esa violencia que no cesa —tres violaciones cada día—, ese dolor continuado que nunca acaba y la negativa del neomachismo de abandonar ese lugar de privilegio.

Lo cierto es que empezamos 2017 con la peor cifra de asesinatos machistas desde 2008. Cuántas vidas truncadas. Seguramente la gravedad acelerará cambios en la ley y el pacto de Estado, si bien ni lo uno ni lo otro evitará muertes si no se entiende el tema como una mayúscula prioridad. Si no se le pone perspectiva de género, presupuesto y voluntad política para desplegar muchísimos más recursos, cosa que el Gobierno no parece dispuesto a hacer.

Por el bien de las mujeres, y por el de los hombres, y las jóvenes, y los niños… necesitamos que esto sea prioritario. Se acerca el 8 de marzo y ansiamos ver las calles llenas de lucha y esperanza. Desde las instituciones, el deber es estar a la altura; mejorar esa ley, mejorar el sistema, y asegurarnos de que hacemos absolutamente todo lo que está en nuestras manos para erradicar el machismo. No valen excusas. No soportamos ni una menos.

*María Freixanet Mateo es senadora de En Comú Podem